De la mano de su amigo, productor y co-conductor, Lucas Fridman, junto a un gran equipo, convirtieron el canal de streaming Olga en un éxito inmediato.
Por Federico Giannetti.

«De pronto resulta que el truco de ser yo mismo, romper algunas reglas para ver qué hay más allá y de negarme a dejar de ser un niño, viene saliendo bastante bien», escribió Miguel Granados en sus redes sociales después de llenar dos Movistar Arena junto a su equipo del canal de streaming Olga. Y tiene toda la razón.
No es casualidad que, con solo seis meses de vida, el proyecto que encabeza haya llegado tan alto. El sueño de los hermanos Luis y Bernarda Cella tenía su nombre y apellido y el tiempo demostró que no se equivocaron. De la mano de su amigo -sí, amigo, y ahí está otra de las claves- Lucas Fridman, Migue rompe incluso más paradigmas de los que ya había roto a lo largo de su recorrido en los medios.
Alcanzar lo logrado en Últimos Cartuchos, en Vorterix, parecía una utopía. Sin embargo, lejos de intentar caer en comparaciones entre ambos éxitos, Soñé que Volaba se convirtió en un fenómeno sin precedentes. Y no por los números o por haber entrevistado a Lionel Messi en Miami o a Susana Giménez, sino por la reivindicación de ser sin temor ni límites.
Eso es Migue Granados. Eso es, también, Lucas Fridman. O Sofi Morandi. O Gime Accardi. O cualquier persona que se siente a su lado con ganas de «jugar». Y si alguien tiene dudas, que lo mire al «Goni» -Gonzalo Nenna, una de las grandes revelaciones de Olga-.
Es cierto que detrás del ser, hay mucho talento. El encargado de notarlo fue Gustavo Paván -su «Juan Alberto Badía», como dice Migue- en Sin Codificar. Siempre alguien tiene que abrir la puerta y Gustavo se la abrió de par en par. Pero el permanecer es la parte más difícil y Granados lo logró con un éxito tras otro.
Tampoco es casualidad que, haga lo que haga, construya una comunidad. Gente que lo sigue y disfruta de verlo cantar, jalar una mononeta en pleno escenario de un estadio o de escucharlo hablar de la cruda realidad. El público, los artistas y sus propios compañeros aceptan la invitación de Migue Granados: Jugar. Ser con total impunidad. Fluir. Así de disruptivo como suena en los medios de comunicación. Y en la vida misma.




